«Cuesta trabajo y uno no tiene qué quebrarse», dice Salvador Díaz, cuya esposa murió y uno de sus hijos resultó lesionado por el estallamiento de las granadas aquella noche del 15 de Septiembre de 2008
«Todavía sigue abierta la herida», a pesar de que han pasado 10 años de que dos granadas estallasen en el Centro de Morelia en plena ceremonia del Grito de Independencia justo el 15 de Septiembre de 2008.
«Está grave todavía el problema, no ha pasado», dice Salvador Díaz Hernández, quien asegura que la recuperación de quienes perdieron a seres queridos en esa tragedia ocurrida, y quienes sobrevivieron a los hechos se han ido recuperando de diferentes maneras, cada quien en su doloroso proceso, pero aún sigue el dolor físico y de pérdida. Aun «no se apaga», no se olvida.
Entrevistado este sábado tras acudir a llevar una rosa ante el Memorial con que se recuerda a los fallecidos, vestido de negro y aun con tristeza en el rostro, recordó que su esposa Leticia Tapia Guerrero murió víctima de las lesiones causadas por las esquirlas de una de las dos granadas de fragmentación. Ella fue una de los 8 muertos, además de que su hijo menor fue uno de los 132 heridos que arrojó de saldo aquella noche sangrienta.
Esa noche, como muchos morelianos y gente que se encontraba en esta capital, habían acudido gustosos al Centro de Morelia para divertirse, ver el castillo pirotécnico y acudir a la ceremonia de Independencia. El destino le depararía la muerte a ella, como al resto de los afectados de ese atentado.
Salvador y sus otros dos hijos resultaron ilesos. No quiere hablar mucho, pero recuerda con cariño a su esposa, quien fue maestra de Primaria y los valores que alcanzó a inculcar a su familia. Siguen su ejemplo para así seguir en su cotidianidad: «cuesta trabajo y de repente no tiene uno qué quebrarse, sino mostrarle uno a sus hijos…estoy al pendiente», se le quiebra la voz.

